Fotos borradas de una época en la que día a día me iba sumergiendo cada vez más en la oscuridad, como un largo letargo.
Todo atisbo de salir de el y encontrar la luz, se había convertido en pura fantasía.
Llegó un momento en el que normalicé el sufrimiento, mi autodestrucción, la que me imponían los demás y lo que me generaba la vida.
El dolor y yo, dos enemigas que íbamos de la mano y que esperaba a diario con esmero.
Cuando creía que no tenía opciones a salir de ahí, me abandoné.
Sólo me dejé llevar y entré casi en una ensoñación mientras me notaba caer al vacío.
Esperaba que en algún momento la caída terminara y llegara al suelo, aunque doliera, aunque me partiera aún más el alma.
Sólo así abriría los ojos y empezaría a escalar con avidez esa pared que me llevaría a la tan ansiada salida, a la luz, aferrándome a la vida, aferrándome a mi.
Y salí y volví a vivir. La luz era diferente, más bonita y la vida más esperanzadora, porque mi mirada ya no era la misma, porque la Raquel del pasado ya no existía.
Aquel dolor se quedó en aquel agujero del que un día yo decidí salir.


